Quiso la mala pata o el destino que el pasado jueves por la noche, ya en la puerta del Apolo, sonara mi móvil. Era la incombustible Marta y para mi horror me comunicaba que no iba a poder venir al concierto de Peaches porque su abuela se había roto la cadera. La pobre mujer de casi 90 años se tropezó en el pasillo de casa. Bien pensado y dicho así de carrerilla, está claro que fue la mala pata. Quiso el destino o la buena fortuna que justamente en ese instante Marta estuviera con su abuela cenando en la casa paterna. Así que llamó al 061 y tuvo una noche movidita (la abuela se recupera lenta pero favorablemente, gracias a su Dios y al calcio de Puleva Omega 3). Nunca había ido sola a un concierto y he de confesar que me entró un ataque de timiditis. Pensé que la mejor opción sería parapetarme tras vasos y vasos de cerveza. Pero quiso el destino depararme una noche inolvidable. En lo que atañe a lo musical-espectaculero, fue uno de los mejores conciertos a los que he asistido últimamente. Ese prodigio de mujer salió dando caña desde el principio, y tanto en su vertiente más roquera como la más electrónica bordó el chou. Se fue despojando de su atuendo glam-salvaje y de varias capas de bragas y sostenes y nunca un despelote había sido tan reivindicativo. Recuerdo que pensé que Peaches era más sexy que todas las Chaquiras o Biyoncís del mundo. No podía dejar de flipar: con su energía en el escenario, con su tremenda banda, con los detalles explícitos de las letras acompañadas de movimientos no menos explícitos y, sobre todo, con la starlett Samantha Maloney que, a golpe de baqueta, hacía globos de chicle de fresa y dejaba ondear su pelo rubio platino al viento de un ventilador hábilmente colocado en el doble bombo. Me invadió una especie de absurdo sentimiento de “girl power” que no sé muy bien cómo explicar; no se trataba de una repentina y reivindicativa conciencia de género, era más bien un recurrente pensamiento: “cómo molan estas tías”. A mi alrededor, chicas y chicos se sentían guerreros y guerreras y todos y todas parecíamos lo mismo. Entre el público megafashionohyeah había mucha indefinición sexual. Vi chicos con faldas, parejas de chicas que parecían chicos vestidos de chicas o chicas vestidas de chicos. Yo estaba allí plantada, más sola que la una, con mi eterno vaso de birra en la mano. A mi lado, dos estupendas mozas que se sabían más canciones de Peaches que yo brincaban y se besaban alternativamente e incluso a la vez. Una colega de ellas me habló: –¿Has venido sola?
Le expliqué que la osteoporosis le había jugado una mala pasada a mi amiga y se rió. De vez en cuando, entre grito y grito y silbido y silbido me decía algo. Yo me sentí incómoda al principio y tampoco podía decirle “eh, que me gustan los tíos” porque seguramente me hubiera contestado “¿Y a mí qué coño me cuentas?”. Empecé a pensar que era una paranoica y me relajé. Elvira (así se llama mi nueva amiga) me invitó a una cerveza. Cuando Peaches empezó a cantar “I don’t have to make the choice”, Elvira y sus amigas coreaban “I like girls” y yo, instintivamente, acababa la frase del estribillo: “I like boys”.
–Salta a la vista que no entiendes–me soltó–. ¿Nunca te has enrollado con una tía?
Por poco me atraganto con la preguntita pero le contesté casi disculpándome que sólo me gustaban los chicos. Pensé erróneamente y llena de prejuicios que a partir de ese momento ya no iba a saber nada más de ella, pero me equivoqué. Siguió comentando la jugada conmigo.
Al salir del concierto, Elvira y yo nos fuimos a tomar algo. Hablamos de nuestras vidas, de lo humano y lo divino, de los sabores de Ben & Jerry’s y de la Bola de cristal (en concreto de Pedro y Pablo). La dejé arrancando su destartalada vespa pero antes nos intercambiamos los teléfonos. Cuando ya estaba a punto de llegar a la parada del autobús pasó junto a mí, pitó y me gritó algo. No estoy muy segura pero creo que dijo “deberías probarlo”. Sonreí para mis adentros.
Aunque quién sabe, igual se refería al Chocolate Therapy de Ben & Jerry’s.



