martes, mayo 06, 2008

ADIÓS AMIGUITOS


No tiene mucho sentido tener un blog estático. Mi vida va muy rápido y apenas encuentro el momento para actualizarla en este manual inservible. Empezó como un intento de entender las complicadas relaciones sentimentales. Acabó siendo un club. Todos nos veíamos aquí y en otros muchos sitios. Soñé muchas veces que el post final sería para deciros que él, sí, el Sr. Maravillas, por fin era mi Sr. Maravillas. No ha sido así.
Me ha gustado mucho haceros partícipes de mi ajetreo. Que me aconsejarais. Me habéis enseñado mucho: de música, de libros, de aficiones, de leyes y de qué se yo cuántas cosas. Pero sobre todo, me habéis hecho reír. Eso no va a cambiar, porque voy a seguir leyendo todo lo que tengáis que decir.
Yo, de momento, dejo de escribir. No encuentro el tiempo y no me gusta fallar. Y como todos y todas sabéis, nada nunca es definitivo. Esto es un adiós pero a medias; la comunicación sigue monodireccional. Y quién sabe, el día que se materialice por fin el hombre de mis sueños, volveré aquí y lo gritaré a los cuatro vientos. Entonces sí, el manual habrá tenido sentido.
Mientras tanto, ya sabéis donde estoy. Para lo que queráis.

miércoles, abril 16, 2008

ENCUENTROS INTERGENERACIONALES Y OTROS SALTOS AL VACÍO


El otro día Ewan McGregor me pidió fuego. Bueno, no era él pero se le parecía un montón, sólo que más "apestosillo". Con una especie de caleborroka-koleta y agujeros por doquier. Aún así, qué bueno que estaba. Como no fumo, no pude sacar con parsimonia mi mechero del bolso, acercarlo al pitillo suspendido en la comisura de sus labios y dejar que él parapetara el viento con sus manos anchas, quizás rozando las mías para luego mirarme directamente a los ojos y decirme mientras exhalaba el humo hacia las nubes: "Gracias. ¿Vamos a tomar algo?".
Lo que pasó en realidad es que negué con la cabeza, y antes de que pudiera esbozar mi mejor sonrisa, Ewan ya estaba buscando a otro candidato que le ayudara a aplacar su ansiedad.
Sí, soy peliculera, lo sé. Me imagino un mundo donde las personas no tartamudeamos ni repetimos los mismos chistes ni nos pisamos al hablar, como en las comedias y en las series de televisión. Donde al momento se te ocurre una respuesta más ingeniosa aún que las de Veronica Mars o más rápida que las de los protas de Pushing Daisies. Un mundo en el que los estados de enamoramiento duraran algo más que un par de semanas.
A Néstor le desborda la vitalidad. De todo tipo, también ésa. Pero es un chico de costumbres. Su vida está planificada hasta el 2034. Los sábados, deporte de alto riesgo. Los domingos, escalada. Los lunes y demases, trabajo, los miércoles noche, cena con los amigos. A mi me ha reservado los jueves, que es un buen día.
Por lo demás, es estimulante tener a alguien tan energético al lado. Y agotador. En todos los sentidos. Con él me siento como una "old teenager", término que acuñó mi querido amigo Pep y que estos días me pega un montón. He estado a punto de comprarme unas Victoria, pero no he sucumbido al arrebato Peter Pan.
Yo le hablo de Six Feet Under y le invito a cenar a sitios caros que él no conoce y él me cuenta cómo es caer al vacío, me habla de las constelaciones y su influencia en el ascendente y enumera las bondades del botellón. Luego nos vamos a practicar sexo y fabula con el día en el que podrá irse de casa de sus padres. Una monada.

En el despacho disimulamos, lo que convierte la jornada laboral en algo divertido y estresante al mismo tiempo. A él le daba cosa que Ricardo, su jefe, lo supiera. A mi me da bastante igual, porque no tengo que dar explicaciones a nadie, pero el hecho de que yo cumpla dentro de poco 31 y que él tenga 24 añitos me temo que supondría aclarar más cosas de la cuenta. Además, tampoco creo que esto sea algo muy serio, sinceramente.
Y mientras me dedico a las relaciones intergeneracionales, se me pasan los días, y las semanas. Pero no las preguntas sin respuestas. Como ésta.
¿Por qué me cuesta tanto enamorarme?

martes, marzo 18, 2008

SIETE EX Y UN DESTINO

Hay noches aburridas, noches anodinas, noches chispeantes y noches predecibles. Hay noches divertidas, marchosas, espontáneas y noches que son un coñazo. Y muy rara vez, muy de vez en cuando, hay noches gloriosas.

El viernes pasado tuve una de ésas. Una noche GLORIOSA (lo deletrearía a lo Patty Smith si pudiérais escucharme). Un chute de felicidad, de autoestima y de sexo, que para qué negarlo, es un remedio eficaz contra el abatimiento. Una noche que se presentaba anodina, y predecible, y aburrida, y se convirtió en un encadenamiento de éxitos, con pequeña revancha incluida.
Empezó de lo más normalito. Marta había quedado con unas amigas suyas muy majas y me apunté. No teníamos muy claro a dónde ir después de cenar, pero nos apetecía ir a bailar. Sin embargo, en el restaurante se precipitaran los acontecimientos:
––Hey, hola
Me giro y me encuentro con un chico que me suena un montón, pero no caigo. El chaval notó mi cara de apuro y me echó un cable. Era técnico de sonido en una casa de postproducción que yo solía frecuentar cuando trabajaba en la multinacional. Resultó que él había cambiado también de empresa y la nueva celebraba esa noche una fiesta de inauguración a lo grande.
––Ya sabes: barra libre, sorteos…
––Ay, como las de antes, cuando en el mundillo de la publicidad había mucha pasta para gastar en frivolidades. (Aunque no lo parezca, es un sector que ha perdido mucho).
Al ver que me acompañaban nada más y nada menos que cinco féminas le faltó tiempo para alargarme unas invitaciones. Y allí que nos fuimos, contentísimas. Pero lo mejor estaba por llegar.
El local, una sala de fiestas que lleva tiempo en la cuerda floja por la susceptibilidad de la administración, estaba bastante lleno pero sin resultar agobiante. Cuando entramos, sonaban Cansei de Ser Sexy a toda pastilla. Marta y compañía fueron directas a la barra. Yo, al baño.
En el trayecto que iba desde la entrada hasta los lavabos me encontré con cuatro ex -o exes, no sé cómo se escribe- rollos. Cuatro. En realidad no es tan raro cuando has trabajado en varias agencias de publicidad; hay una especie de tendencia enfermiza a tener líos en el sector, que incluye también a los empleados de las productoras, las casa de postproducción y los proveedores cotangenciales (fotógrafos, ilustradores, diseñadores web…). En el caso concreto que nos ocupa, fueron dos compañeros de mi anterior agencia, un realizador de publicidad y un operador de avid.
Todos se mostraron encantados de verme, “Qué tal, cómo te va” “Me acuerdo mucho de ti, siempre pienso ¿qué habrá sido de Mila?” “Vaya, estás igual de guapa como siempre” “¿Dónde andas ahora?” y cosas así.
Excepto el realizador, el resto habían sido sólo líos de noches parecidas a ésta. Y de eso hacía unos cuantos años. Con el realizador había habido reincidencia, pero la historia se autodisolvió por si sola. Éramos bastante incompatibles, aunque había mucha química entre nosotros. Nada más verme se puso muy “cariñoso”; supongo que consideró que el hecho de ser viejos amigos íntimos le daba algún tipo de derecho, cosa que no me gustó nada. Me dio mucha pereza darle palique y con la excusa de ir a buscar a mis amigas, me escabullí.
En el piso de abajo, avisté a un quinto ex rollo (¡y también ex jefe!) y dí un rodeo enorme para no tropezarme con él, porque era muy pesado. Había por fin conseguido una copa e iba directa hacia Marta y el resto, cuando me di de bruces con el sexto ex. Lo curioso de todo es que Guiu no tiene nada que ver con la publicidad; fue el noviete que tuve durante el primer año de carrera y había ido a parar ahí a través de un amigo de un amigo. Estaba igual que siempre y nos hizo una ilusión tremenda reencontrarnos.
Debo confesar que me asaltó un ligero cosquilleo y por un instante reviví sensaciones pertenecientes a otro tiempo. Él y yo habíamos compartido una historia muy bonita con un final algo abrupto. Nos pusimos al día e, inevitablemente, llegó la pregunta:
––Y ahora, ¿estás con alguien?
Mientras le decía que no, sabía que él iba a contestar lo contrario. Sentí un pequeño pinchacito, nada grave. Seguimos hablando un buen rato, cada vez más cómplices, cada vez más cerca.
Las señales de alarma se encendieron. Ya había sufrido por él, hace mucho tiempo. No tenía ningún sentido complicarse de nuevo la vida. Así que decidí salir de esa trampa en la que yo solita me estaba metiendo de cabeza antes de que fuera demasiado tarde.
––Bueno, me voy. He venido con unas amigas. Con Marta, ¿te acuerdas?
––Mujer, después de tanto tiempo sin vernos…
Y empezó a acercarse de nuevo, más de la cuenta, de una forma dolorosamente familiar.
Y entonces, unos golpecitos en el hombro.
Me giré y allí estaba Néstor.
Fue como una aparición. A mi izquierda, el pasado. A mi derecha, el futuro. La ilusión, la sorpresa y, para qué negarlo, las ganas de demostrarle a Guiu que el no estar con alguien no era algo que llevara precisamente mal hicieron que fuera más efusiva de lo que cabía esperar al saludar a Néstor.
––Hey, hola, ¡qué sorpresa! –le dije mientras le abrazaba con soltura–– Espera un momento––Me dirigí al que hace tantos años me partió el corazón––Bueno, Guiu, me ha hecho mucha ilusión verte. Espero que todo te siga yendo tan bien.
Le di dos besos rápidos y cuando ya me iba, me cogió de la mano:
––Mila, cuando quieras nos vemos otro día. Dame tu teléfono.
––No te lo vas a creer, pero no tengo––mentí. Y antes de que hiciera el amago de ir a darme el suyo, añadí: ––¡Hasta otra!
El resto de la noche, pues, era ya inevitable. Ahí estábamos. Néstor y yo. Por fin, en terreno neutral.
––Sabía que te iba a encontrar aquí.
––Pues ya me dirás cómo. Porque yo no lo he sabido hasta la hora de cenar.
––He tenido la intuición cuando venía hacia aquí.
––Ah, es verdad. El destino. Los astros. Vibraciones esotéricas. No me acordaba que tú eres aficionado a estas cosas.
––Tú ríete todo lo que quieras, pero yo lo sabía.
A partir de ahí, todo fue muy rápido.
––¿Ah sí? ¿Y qué más sabes?
––Bueno… Sé que si pongo mi mano aquí…
Puso su mano en mi cintura y me acercó un poco hacia él
––…no vas a quitarla.
–– Mmm…. Yo no estaría tan seguro.
Pero claro, no se la quité.
––Y sé que si te doy un beso…
––Uy, vas un poco rápido, ¿no? Ya veo que es verdad que te gusta la velocidad…
No pareció afectarle mi fingida pose de escandalizada.
––No vas a apartarme…
––Compruébalo.
Amigos y amigas, fue un beso tan glorioso como la noche.
Instantes después estábamos echando un polvo en el lavabo de chicos. Qué queréis que os diga, debe ser que su atracción por el riesgo es contagiosa, porque en ese momento me pareció lo más normal del mundo. Y quizás por eso fue tan genial.
Salimos rápidamente con el pitorreo de los que esperaban fuera aún resonando en los oídos.
––¿Nos vamos por ahí? ––le propuse.
––Al fin del mundo, si quieres.
Me despedí de Marta y las otras con nueva ración de pitorreo y ya en la puerta, mientras me ponía la chaqueta, oí el último “¡Hola, Mila!” de la noche. Era Marc, el séptimo ex.
––Hola y adiós–le dije sonriendo.
Néstor me cogió de la mano y los dos salimos de allí. Sentí la mirada confusa de Marc en la nuca, pero yo sólo estaba ansiosa por llegar a casa y probarlo esta vez en horizontal.

miércoles, marzo 05, 2008

AGÁRRATE FUERTE


Néstor está loco. No loco en plan neurótico, ni loco en plan paranoico, ni loco en plan “oigo voces”. Está loco porque no tiene miedo a nada. Si hay algún psicólog@ en la sala, por favor, que le ponga el nombre técnico. Yo lo voy a definir como “temerario de la hostia”.
Se tira en paracaídas. Muchas veces. Ha hecho montañismo sin cuerdas. El puenting para él es una mariconada. Le encanta conducir cosas muy rápidas: motos normales y de agua, coches normales y de carreras. Su idea de un fin de semana movidito no es salir de copas hasta las tantas o ir a Port Aventura. No, qué va. Él hace snow, y surf, y windsurf y kittesurf y suputamadresurf.
A mi, que el deporte más arriesgado que practico es salir alguna noche con taconazos, todo eso me parece a) muy estresante y b) muy caro. Y eso que a mi me gustan las emociones; no os creáis. Hay gente que se marea en la noria o en la montaña rusa y a mi me chiflan. Y he montado a caballo, y en camello y en coche con mi tía Anita. Pero es que este hombre necesita un chute de adrenalina para que su vida tenga sentido.
¿Qué cómo sé todo esto? Pues nada, ha salido en las conversaciones. Lo típico: "¿Qué, cómo ha ido el fin de semana?" "Nada, he ido a ver a mis padres. Muy tranqui. ¿Y tú?" "Pues, he ido a tirarme en paracaídas". "Anda, qué fuerte. ¿Y qué tal? ¿Era la primera vez?" "Uy, no qué va, si tengo el título de instructor. Si quieres tirarte un día en tándem, conmigo puedes".
Hay que joderse. El tándem lo haría yo con él de muchas maneras, pero no sé si ésta es la primera de la lista. Mi niña Noe, que ya ha probado varias veces esto del salto al vacío, me empujaría ella si tuviera ocasión, pero sólo de pensar en la taquicardia previa al salto al vacío me entra de todo. Sobre todo después de haber oído impasible como Néstor cuenta la “anécdota” de uno a quien no se le abrió bien el paracaídas…
Lo peor, o al menos, lo más fuerte es que nunca se ha hecho nada más que un rasguño. Repito: hay que joderse. Yo me pasé diez años de mi vida yendo en moto hasta que un gilipollas pegó un volantazo y me rompió las dos piernas. Un mes en el hospital sin poder moverme. Tres meses en silla de ruedas. Un año entero de recuperación. Y un barómetro instalado de por vida en la rodilla derecha. Y él, una vez se rompió el dedo meñique. Y ya está.
¿Es un tipo con suerte? Eso parece ¿no? Pero el caso es que él lo achaca “al destino”. Y ahí me ha entrado un poco de urticaria, para qué negároslo. Porque es un concepto con el que no puedo. Es taaaaaaaaaan facilón. “Si está escrito que te tiene que pasar algo, te pasará, vayas en moto, a pie o te quedes en casa”. Traducción: “Si no me ha pasado nada, es porque soy inmune. Soy algo así como Dios". Hombre, digo yo que el azar o la suerte (más concretamente la mala) tendrá algo que ver. Y cuantos más boletos de lotería tengas, más posibilidades de que te toque…
El caso es que creo que Néstor ha subido puntos en cuanto a atractivo “general” (no nos engañemos, el binomio neopreno + tabla es demoledor) pero los ha bajado porque para mi gusto se ha pasado de rosca con esta especie de actitud vital a lo “Crash”. Y no sé si hacer un tándem con él a 4000 metros de altura es una buena primera cita…Aunque desde luego, sería muy original.

lunes, febrero 04, 2008

EMPIEZA EL COMBATE


















Continúa el encuentro. Los dos contrincantes siguen teniendo opciones a hacerse con el título. Pero el empate persiste. Y dejo el símil, que lo mío no es el fútbol.
Voy a intentarlo con el boxeo:

1er ROUND

Néstor: ¿Tienes fuego?
(Me gusta pensar que en realidad me estaba diciendo: ¿Por qué no sales al patio conmigo un rato?)
Mila: No fumo.
(Aunque en realidad le hubiera dicho, “¿En la mirada, no lo ves?”)

Néstor: Yo debería dejarlo.
(Me gusta pensar que en realidad quería decir “no es verdad, pero así quedo como chico preocupado por mi salud”)
Mila: Yo debería dejar la cerveza. Y la pizza 4 quesos.

(Pero en realidad estaba pensando "debería dejar de pensar que está muy bueno, porque se me debe notar en la cara")

Néstor: Sin cerveza y sin pizza la vida no tiene sentido.

(Y me gusta pensar que hubiera añadido “y aún menos sentido tiene que tú y yo aún no nos hayamos liado)

Mila: Es verdad. Algún vicio hay que tener.

(Aunque en realidad debería haber dicho: "Hay abstinencias peores")
Néstor: ¿No necesitas una pausa? Así me acompañas mientras fumo.

Glups

Mila: Sí, no me iría mal.
(Aunque en realidad me hubiera gustado decirle: llámame Madame Rappel, que empiezo a adivinar tus pensamientos).


2º ROUND

DVTCPR (Dependiente de Videoclub que Tararea Canciones de Punk Rock): Hola Mila.

Mila: ¡Dios!¡No puede ser! ¡No puede ser!

DVTCPR: ¿Qué pasa?

Mila: ¡No está! ¡El último dvd de Prison Break no está!
DVTCPR: Espera un mome…

Mila: ¡Voy a cortarme las venas! ¡A tirarme por el balcón! Mi vida ya no tiene sentido. Taquicardia. Dolor abdominal. Tristeza infinita.

DVTCPR: Un momento Mila… (ríe)… Lo tengo aquí, te lo he guardado.

Mila: ¡Aix, gracias, mil gracias! Me has salvado la vida…

DVTCPR: Un desaprensivo quería llevárselo pero aún a riesgo de acabar con múltiples contusiones, le he dicho que estaba reservado.
Mila: ¡Qué atento! Eres mi caballero andante.
(silencio con sonrisa)

DVTCPR: Y ahora que ya has acabado con la segunda temporada, ¿qué?

Mila: No sé… igual debería dejar de ver tanto la tele, que parezco el dueño del perro Pipín.
DVTCPR: ¿Quién?
Mila: Nada, deformación profesional. ¿Alguna idea?
DVTCPR: Mmmmm. Prometo que para mañana se me habrá ocurrido algo.

Mila: Genial. Me voy con Scofield.

DVTCPR: Vale. Pero yo no me fiaría mucho de él. Es demasiado guapo.

Mila: Sí, es verdad. Seguro que si tuviera un grupo, sería el cantante.

DVTCPR: ¡Seguro! (ríe) Hasta mañana.

Con el dependiente me río mucho aunque con Néstor hay más tensión (de la buena, se entiende) en el ambiente. Pero me gustan los dos.
Y ya casi no me acuerdo de Mr. Wonders.




martes, enero 29, 2008

EL DEPENDIENTE DE VIDEOCLUB QUE TARAREABA CANCIONES DE PUNK ROCK

Vaya por delante que mi videoclub no es ni "La Papaya Verde" ni "El séptimo sello tapes" ni nada por el estilo. Lo digo para tod@s aquell@s que os habéis hecho ya un romántico retrato robot del dependiente como un friki cinéfilo lleno de encanto y contrastada sapiencia fílmica. Mi videoclub es uno de esos locales espantosos donde hay cincuenta copias de la peli de estreno de turno que desafían el buen gusto exhibiendo el careto de Nicholas Cage y contribuyendo aún más a que la tarde de domingo sea deprimente, y una sola copia de una peli "menor", (ya no digo de culto, que de ésas no uso), lo que motiva verdaderas peleas en el barro para conseguirla. En mi vecindario de clase obrera los gustos van más por ahí, aiguess.
Sin embargo, el dueño es un tipo encantador y simpaticote que siempre me recomienda películas que no tengo ningún interés en alquilar. Desde hace algunos meses hay un dependiente nuevo por las tardes y los fines de semana. La primera vez que lo vi pensé que había puesto un anuncio en Mondo Sonoro en vez de en Infojobs, porque el chico parecía una estrella del pop-rock: flequillo, chapitas, pitillos, Vans y camisetas de rayas. Ese día comprobé con agrado dos cosas: que era muy mono y que en vez de la bazofia que ponen en la radio fórmula que el dueño tiene sintonizada a todo trapo, en el videoclub sonaba un cedé de los Ramones. Le devolví la película, me llevé otra y nada más.
A partir de ese día, cada vez que volvía y estaba él, constataba su buen gusto musical. Una tarde, sin embargo y para mi consternación, no era así. Y me salió del alma:
–– ¿Shakira? ¿Has cambiado a los Sex Pistols por Shakira?
–– ¡Calla, calla!––me contestó; y juraría que se sonrojó un poco––; se ha estropeado el cedé y sólo va la radio... Pero es una mierda.
Y la apagó.
Desde entonces las conversaciones fueron haciéndose un poquito más largas, nada espectacular. Un día me decía cosas como "Esta película está muy bien. Son historias cortas en París". Y yo miraba la carátula de "Paris je t'aime" donde pone "Historias de amor en la ciudad más romántica del mundo" y pensaba "pues sí, debe ir de eso" pero sólo le sonreía.

El gran salto cualitativo fue cuando por casualidad entré con las baquetas de batería asomando de mi bolso. Venía de mi clase de los viernes y me las había regalado mi profe. Sus ojos se abrieron tanto que sobrepasaron la montura de sus gafas de pasta:
––¿Tocas la batería?
Por aquel entonces yo llevaba cuatro clases escasas, así que tocar, tocar, no se puede decir que tocara mucho (paréntesis: ahora mi técnica baterística ha mejorado, lo cuál me hace muy feliz y muy molesta para los vecinos cuando practico en el taburete del lavabo, cierro paréntesis).
––Bueno, estoy aprendiendo. Acabo de empezar...
––Yo toco el bajo...
"Mierda––pensé–– Otro bajista. ¡Vaya suerte!" Estuve a punto de preguntarle si se llamaba Marc, pero me dio palo darle explicaciones del tipo "mi último novio se llamaba Marc, tocaba el bajo y vestía igual que tú".
Desde entonces siempre tenemos alguna breve conversación musical, hablamos de lo que suena, de lo que nos gusta, y lo hacemos de forma cómplice; como si el hecho de hablar de música en un videoclub nos convirtiera en una raza aparte.
Pero lo que hizo que pensara en él como en un futurible ocurrió hace unos días. Como se me había acabado el repertorio peliculero, encontré una excusa perfecta para acudir día sí día también al videoclub: la primera temporada de Prision Break, serie que no vi en su día. Al darle la carátula él se dirigió al ordenador y al mismo tiempo que me preguntaba: ¿apellido? yo ya le estaba cantando el número de socia, que no sé por qué me lo había aprendido el primer día: 1422.
Se quedó unos segundos parado, y justo cuando tecleaba el número añadí:
––C3PO de nombre.
Se rió un montón. Yo me reí con él. Y entonces dijo,
––A mi no me engañas. Ya sé cómo te llamas.
Y me dio el dvd.
Desde entonces, cada vez que entro en el videoclub me sonríe y me dice, "Hola Mila".


martes, enero 22, 2008

IT'S RAINING MEN

Empezó el 2008 y mi panorama amoroso era desolador. No pude evitar hacer recuento de los fracasos del año pasado, con Mario y Marc encabezando la lista y con algunos secundarios de relleno rubricándola, y me vi en el mismo punto de partida que hacía exactamente 365 días.
––Ala, aquí estamos otra vez, Mila. Prueba–error. Prueba–error. Y mientras, a dos velas.
Al señor Maravillas, ni le mento. El proyecto de trabajo conjunto quedaba en stand by por los siglos de los siglos y con ello, mis esperanzas de arrimarme a él.
––¿Y ahora qué hago yo? Quedaba claro que sólo cabía una respuesta: abrir bien los ojos.

El mundo está lleno de AF's, así que decidí ir a buscarlos. Y no han tardado mucho en aparecer, no. Claro que ya sabéis que no soy demasiado exigente; con que lleven los tejanos escurridos, o un jersey de rayas bonito, o un sombrero andrajoso, o una vespa destartalada, o toquen la guitarra ya flipo. Y sin nada de lo anterior, sólo con que me hagan reír (pero reír de verdad), me vuelvo tonta-tonta.


Al candidato número 1 (con el 2 en el post anterior) le abrí la puerta del despacho un día de diciembre que hacía mucho pero que mucho frío y llovía a cántaros. Yo trabajo de autónoma, pero comparto bonito pero gélido local en el barrio de Gràcia de Barcelona con un estudio de diseño y con una pareja de arquitectos (pareja-pareja). Los del estudio de diseño son 4 fijos y dos en prácticas que generalmente van cambiando cada seis meses.


En general la convivencia es buena y me llevo bastante bien con todo el mundo, aunque cada uno anda a su rollo. A veces vamos todos a desayunar al Costa Dorada, un bar donde Arnau, el dueño anarquista, hace los mejores bocatas de chorizo picante de la zona.


Como llegué la última al despacho, me colocaron al lado de la puerta. Eso significa que me paso los días haciendo de secretaria-recepcionista. Me ha costado lo mío hacerle entender a los mensajeros que "la firmita" no se la echará esta "anda bonita", sino el destinatario del paquete de turno.


Bueno, pues como iba escribiendo, una fría y lluviosa mañana de diciembre estaba yo sola en el despacho bien prontito porque tenía mucho trabajo. Debo decir que los profesionales liberales son de todo menos puntuales, o sea que quizás tampoco era muy prontito, pero el caso es que no había nadie más. Me puse delante del ordenardor, me encasqueté los auriculares, me cubrí las rodillitas con un super chal de lana y enganché el radiador a mi mesa. Recuerdo que escuchaba el Sky, blue sky de Wilco, (que descubrí gracias a Mr. Flow) porque me ayuda a concentrarme. Tecleaba con ahínco en el portátil: "La nueva línea de fotoprotectores ofrece toda nuestra experiencia al servicio de bla bla bla", temblaba viendo las fotos de escuálidas rubias en bikini que adornaban el catálogo en cuestión que estaba redactando y claro, me costó oír que alguien aporreaba enérgicamente a la puerta, porque el timbre no va.


Finalmente oí los golpes; me levanté molesta, porque estaba en plena inspiración marquetiniana y abrí de golpe. Delante de mi, un chico alto, delgado y con el pelo chorreando temblaba como una hojita de cannabis en un balcón de Tarifa.
––Hola ––castañeó ––Vengo a ver a Ricardo.
Le dije que pasara.

La estampa era lamentable. Él iba calado y yo, con el chal sobre los hombros, parecía la vendedora de fósforos. Le indiqué dónde estaba el baño para que se secara un poco y cuando salió se sentó en la silla de espera de la entrada. ¡Daba una penita!
––No tardará–le dije. Y me puse los cascos para seguir a lo mío. Dos días más tarde, entraba como diseñador en prácticas del estudio de mis vecinos.

¿Qué decir de él?
Lo primero, es deducible: joven, bastante joven, aunque quienes me conocéis sabéis que eso nunca me ha importado. Lo segundo es más relevante para lo que nos ocupa: es mono y simpático. Lo tercero es fundamental: me mira de reojo.

Lo he pillado más de una y dos veces. Una tarde al salir del trabajo cogimos el mismo autobús y empezamos a charlar. Luego coincidimos una segunda vez y me di cuenta de que había sido un encuentro sospechoso. O sea, que me esperaba. Eso hizo que me subiera un cosquilleo por la columna vertebral. "Cuando le diga que tengo 30 años, se comprará una Bronton para darme esquinazo", pensé. Pero se limitó a decir: "No los aparentas para nada", y el cosquilleo llegó hasta la nuca.


Poco después, ya a finales de diciembre los del estudio organizaron la cena de Navidad. Me invitaron a ir con ellos. Si no hubiera estado el becario, seguramente habría puesto alguna excusa; pero acepté encantada. Cuando ya estábamos sentados en la mesa, llegó Ricardo.
––Acabo de recibir un mensaje de Néstor y no puede venir. Tiene fiebre.
Néstor es el becario, claro.
"Puta gripe. ¿Y ahora qué hago yo aquí?"–pensé compungida. Cené con la sensación de mala suerte rondándome y antes de que cerrara el metro ya estaba en casa.

El último día antes de las vacaciones, Néstor apareció por el despacho.
––¿Qué tal la cena? ––fue lo primero que me dijo–– Me dio mucha rabia perdérmela...
––Bien... normal... yo me fui pronto. Creo que tus compis hicieron algo más de daño.
––El día que vine por primera vez... ¿te acuerdas?
––¿El día del diluvio universal?
––Ése. Pues supongo que pillé una buena...
Me reí acordándome.
––Parecías un pollito.
––Y tú la abuela de fabada Litoral.
––¿Lo dices por el chal o por la edad?
––Por el chal, claro.
Empezó a caminar hacia su mesa, pero antes me dijo:
––Aunque a ti te queda mejor.

Y éste, queridos y queridas, es uno de mis futuribles presentes.
El otro, el del videoclub, lo dejo para otro día.

sábado, enero 19, 2008

CAMBIO DE LOOK

Hola, hola, hola. El 2008 hace ya semanas que empezó y yo no he entrado en él estrenando ni ropa interior roja, ni cambio de trabajo, ciudad o peinado, ni mucho menos estrenando novio. Pero como podéis ver, el Manual sí que está de estreno. Estuve a punto de poner una mini encuesta de esas para preguntar si os gusta mucho, poco o rián, pero me lo he pensado mejor no vaya a deprimirme o, aún peor, no vaya a deprimirse mi queridísimo friki-friend Jordi, artífice de este cambio de look (gracias flor), y que tiene un blog épatant.
A mi, of course, me encanta. Al pobre lo he mareado bastante, hasta que ha conseguido entender qué quería decir yo conceptos como “limpio, con algún toque de color pero no soso”. Una pesadilla. Yo que siempre me quejo de los “briefings” que me pasan los clientes, y me he destapado como la peor encargadora del mundo.

En realidad el nuevo diseño pretende ser una declaración de intenciones; hacer renacer el Manual y retomar mi obligación escritoril con más energías y sobre todo, más asiduidad. Especialmente ahora que tengo dos proyectos de ligue en ciernes y que necesito consejo aunque sea para poder decir luego que no siempre me equivoco yo…


¿Dependiente del videoclub o Diseñador en prácticas en el despacho compartido?

Esto sí que es una encuesta.

miércoles, diciembre 12, 2007

SÍNDROME DE LONDON

Que levante la mano o el mouse el que alguna vez ha tenido ganas de dar un cambio radical a su vida y largarse a otro lugar, solo o sola, rompiendo con todo, empezando de nuevo, viviendo experiencias nuevas y excitantes y mandando a paseo la rutina diaria.
Mmm… lo imaginaba: la mayoría. A mi constantemente me pasa. Pero después de este puente viviendo el Londres que no había encontrado en mis anteriores visitas, el sentimiento ha pasado de ser una fantasía recurrente a una especie de necesidad vital.

La culpa de todo la tiene Aitana que vive una vida llena de aventuras, glamour y jolgorio en la city of cities. Ella decidió largarse a Londres hace más de un año y estudia un master de diseño en la prestigiosa Sant Martins School of Arts. Segundo puntazo: fui a ver su “cole” y rebosaba creatividad y talento por cada pared y cada flyer. El primer puntazo fue ver el “cool place” en el que vive, compartido con un brasileño majo: un loft en el corazón del East End, la zona que ahora se está convirtiéndo en “lo last” de Londres. Para muestra, un botón.














Bueno, pues la vida de Aitana me dio mucha envidia: aluciné con sus proyectos de estudios y con su modus vivendi. Y sobre todo aluciné con su intensa vida sentimental. Claro que no es de extrañar: guapa, talentosa y con estilazo (en una ciudad donde ese punto pasa a ser el número uno de la lista, por delante de otros más nuestros como la “buenez”, la pasta o la proyección profesional), no es de extrañar que le lluevan las conquistas casi tan a menudo como la rain falls en Londres.

Pero lo que me puso cardíaca de todo fueron las dos noches de fiesta y desenfreno por la zona de Shoreditch. Era como entrar en otra galaxia. Gente rara, gente guapa, gente estrambótica, gente de todas partes, gente absolutamente absurda…
Había ratos en que me apalancaba con la birra y no podía dejar de mirar a todo bicho viviente; era un espectáculo impagable.
Y la música…¡ay, la música! ¡Qué subidón!
Y las tiendas de segunda mano… ¡inacabables!
Y los hombres… ¡Qué hombres! Parecían todos salidos de una banda de rock. Me consuela saber que he vuelto con el mail de un british lánguido de ojos inquietantes llamado Brian al que conocí en el Jaguar Shoes el viernes y con el de un guapo italiano llamado Lucca que se despidió de mi el sábado con un beso de película en la puerta del BoomBox. Para que luego digan que en las Britanias no se liga.

En el Catch vimos en concierto a un grupo chulísimo. La cantante, esta godness de la noche, era pura energía. En el local estaba un tal Billa, un tío que se dedica al “clubbing” (¡qué bonita actividad!) haciendo fotos que luego cuelga aquí.
En fin, soy consciente de que he vuelto patológicamente prendada y de que el “trendysmo” me ha cegado. Y que la realidad luego es el de una ciudad fría, lluviosa, cara y llena de gente superficial y obsesionada con la imagen… aunque ésta a veces sea un poco deplorable (Aitana vio a un tío cuyo “outfit” –sic– consistía en un cubilete de patatas del McDonalds a modo de sombrero). Pero como sólo he estado cuatro días, sólo he visto el sunny side of (London) life.

Y esta semana Barcelona me parece taaaaaaaaaaan gris.

martes, noviembre 27, 2007

SILENCIO EN LA SALA

He llegado tarde a la reunión con Mr. Wonders sin proponérmelo. Me he hecho un lío con los autobuses. A él no ha parecido importarle.

Eso ha sido esta mañana. Tras una crisis de look digna de la más casposa película de sobremesa, he acabado con mi primera elección: tejanos, camiseta, chaqueta de punto, bambas (o tenis, o zapatillas, que cada uno le ponga la variante regional al uso). He salido de casa dejando en la habitación un reguero de medias, faldas, botines, collares, jerséis y hasta un sombrero. Algo así como el camino de Pulgarcito pero del Zara. Ya en el autobús (equivocado) he tratado de relativizar todo lo que a velocidad del rayo pasaba por mi cabeza y por mi esternón: “que no note que estoy nerviosa; que no note las ganas que tengo de verle, que no note que me tiembla un poco la mano izquierda”. Que no note, en definitiva, lo mucho que me gusta. He llegado y estaba allí mismo, en la recepción, hablando por el móvil. Me ha sonreído y, saludándome con la mano, ha seguido a lo suyo. Yo he hecho tiempo hablando con la recepcionista pero en realidad me dedicaba a mirarle por el rabillo del ojo y a comprobar que sigue pareciéndome el hombre más atractivo y sexy que hay en la faz de la tierra, sólo seguido muy de cerca por Mark Ruffalo. El pelo le ha crecido y las entradas ya no se le notan tanto. Y como siempre, lleva una camiseta preciosa. Yo he continuado poniéndome al día con Sonia, “qué tal todo”, “mucho trabajo, ¿no?” pero las ondas sonoras transportaban empecinadamente el timbre de su risa a mi tímpano, y su voz preciosa se ha convertido en la única melodía que quería oír, aunque él estuviera hablando de algo muy incomprensible relacionado con dispositivos electromagnéticos y nanochips.
Ya en la sala de reuniones, me ha dado los dos besos de rigor con su mano en mi cintura y he comprobado que huele tan bien como siempre. Sus ojos brillaban y no paraba de sonreír; parecía de buen humor y su risa, siempre contagiosa, me ha dado más vidilla que un redoxón complex.
––¿Qué tal por Madrid?––me ha preguntado. Una vez más por casualidades de la vida nuestros caminos quedaban parcialmente conectados, ya que un buen amigo suyo también estaba invitado a la boda a la que fui hace poco ––“David se lo pasó muy bien”.
––Sí, fue muy chula –. No le conté lo bien que me lo pasé yo la noche anterior en el Costello Club, y en concreto con el único madrileño del local que no parecía salido de un fotoblog de los de "esta peñita sí que mola mazo". Ni tampoco las dificultades que tuve para disimular las ojeras en la boda. –Aunque parecía el mundo de los tópicos al revés, porque los fashionetis estirados eran los madrileños, y los de Barcelona íbamos más puestos y nos reíamos más.
Me ha pasado un proyecto bastante interesante. Hemos establecido un plan de trabajo continuo; una vez más se convierte temporalmente en mi jefe. Parecía que, una vez explicado de qué va el trabajo, nos sobrara el tiempo (cuando en realidad es al revés y vamos tan pillados que me va a tocar trabajar el fin de semana una vez más). Pero eso parecía no importarnos a ninguno de los dos y hemos seguido hablando de todo un poco, estirando el momento de dar por concluida la visita.
De vuelta en el autobús correcto, he llamado a Marta, que está con gripe en la cama, para hablarle de mi tema favorito: “¿Existe alguna esperanza entre Mila y el señor Maravillas?”. Marta, que no pierde el sentido común ni con fiebre, me ha vuelto a recordar que doy un poquito de lástima con esta letanía y le he dicho que es verdad pero que me importa un carajo y que para eso están las amigas, para aguantar la brasa de las colegas obsesionadas con un amor imposible.
––¿Sabes que me gustaría, Mila? –me ha dicho entonces– Que dejes de analizar cada gesto, palabra o tic nervioso del chico ese tratando de encontrar alguna señal de que le gustas y te lanzaras de una puñetera vez. Que le dijeras “Tío, estoy perdidamente enamorada de ti” (bueno, ella ha dicho “berdidamende eddamorada de ti” por los mocos).
––Sí, claro. Lo que no te iba a gustar tanto es recoger mis trocitos desparramados por el suelo cuando me contestara “Bueno, ejem, eres estupenda, me siento muy halagado, pero yo tengo una relación y quiero a mi novia, ¿te acuerdas?”.
––Eso no lo sabrás hasta que se lo digas.
Como he deducido que Marta estaba un poco cansada de mi tontería supina, he cambiado de tema, no sin antes prometerle que esta noche le llevaré un caldito a su casa. Y ya aquí en mi despacho, imagino por un momento que estoy en aquella sala y que le digo a Mr. Wonders “Tío, estoy perdidamente enamorada de ti” y que él, tras la sorpresa inicial, se acerca a mi y, rebosantes de pasión, le damos un nuevo uso a la mesa de reuniones.

lunes, octubre 22, 2007

CARTA A NOELIA

El volumen de trabajo, mi empedernida manía de ser multitarea y, por qué negarlo, el desánimo, han hecho que vuelva a tener el manual descuidadísimo. He decidido reciclar (para ser ecológica) una carta que le envié hace tres días a mi querida amiga Noelia, compañera de periplos veraniegos, ya que allí la pongo al día de mis desventuras. Así que ahí va la Carta a Noelia, aunque parezca el título de una canción de Nino Bravo.


Hola mi niña,
Aprovechando que taladro el teclado a la velocidad de la luz, he decidido recuperar el bello y perdido hábito de escribir cartas. El género epistolar se pierde en favor del frío pero práctico mail, y esto no es un lamento del tempus fugit, sino más bien una constatación absurda. El caso es que como últimamente casi no hemos hablado, y se me acumulan las cosas tanto que te daría pereza leer un mail más largo que la lista de añadidos a la causa “No a la tortura animal”, he decido enviarte una carta.


No nos vemos desde agosto y no sé ni por dónde empezar. Nuestro verano ha sido tan raro… tan loco… tan diferente a como lo planeamos… Primero tú con ese jardinero guapo e infiel. Poco después de que sucumbiera a tus encantos, desapareció de la faz de la tierra, lo que me hace suponer que era un coleccionista de muescas tan experimentado como tú. Sé que no te importó lo más mínimo, y eso que el jardinero estaba para parar hasta el AVE antes de que llegue a la Sagrada Familia (lo cual sería una pena, porque entonces se truncarían mis esperanzas de que el templo desaparezca de una vez del mapa); y sé que te dejó más tocada tu otro ligue estival, el americano de cara angelical y cuerpo moldeado a base de Smacks de Kellog’s del que tanto te reías y por el cual tanto lloraste después. ¿Váis a veros? ¿Seguís escribiéndoos? La verdad es que el chico era una monada; tan atento, tan sensible, taaaaaaaaaaaan yogurín. Qué querencia le tienes a las tierras lejanas, oye. ¿No será una estrategia para no tener que plantearte nada en serio? ¿O es que estás hasta las narices de los madrileños? Como últimamente te tropezabas con algunos especímenes candidatos a ser víctimas del vudú más salvaje, me da por pensar que igual deberías dejar ya esas tierras y volver conmigo, con nosotros; volver a Barcelona y volver a ser mi confidente en vivo y en directo. Y eso que hace ya un porrón de años que te fuiste. Pero a saber qué estará rondándote por esa cabecita…


Te debes preguntar que está pasando por aquí, después de que Marc y yo tuviéramos aquella “charla”. Si nos vemos, si nos acostamos o si al menos nos hablamos. Debo decirte que sí a todo, pero es como si todo fuera de mentira, como si lo que tenemos ahora no fuera más que un pasatiempo que sabemos que tiene fecha de caducidad. No proyectamos ningún futuro, porque no lo hay, porque en el fondo somos muy diferentes y yo no me emociono con él, ni él conmigo.


El inicio del fin lo conoces. Yo no tenía intención de explicarle nada de este verano; porque supongo que ese era el acuerdo tácito; porque no éramos pareja, sólo dos que a veces son uno. Y cuando te dije en aquella terraza “me mola el camarero”, no imaginaba que en el fondo estaba diciendo “no sé si aún me mola Marc”. “Dile algo”–me contestate; considerabas que pedirle un mojito con la mejor de mis sonrisas no era suficiente. Él debió considerar lo mismo, y el resto ya lo sabes. Nos invitó un par de veces, coincidimos de día en la playa y me pidió que pinchara en su local un ratillo la noche del 9 de agosto. Yo estaba muerta de vergüenza, pero tú me diste coraje: “Si cada noche sólo hay cuatro colgados y nosotras; cualquier cosa será mejor que los putos Simon & Garfunkel con los que nos taladra el chiringo de al lado”. No fuiste directa a la autoestima, pero sí al sentido común.


Cuando Marc me preguntó a lo bruto si me había acostado con alguien este verano, vacilé. Vale que me lo preguntó después de hablarme de Anika, la estupenda y curvilínea checa que ama España, el pop y al candidato a novio serio que yo tenía allá por el mes de Agosto, pero aún así vacilé.

"Sí".
"Vaya, ¿tú también?"
Parecía decepcionado. Igual pensaba que eso del multiamor era un rasgo sólo masculino. Pero claro, no había lugar al desaire o a sentirse ofendido. Supongo que pudo más la curiosidad.
Le expliqué que no era nada importante. Sólo un camarero que me echó los trastos, noche tras noche, en el bar donde tú y yo solíamos empezar nuestras fiestas veraniegas. Que un día, de palique, me pidió que pinchara un ratillo. Que le dije que me daba corte, que sólo tenía los cedés que había cogido para amenizar el viaje en coche, que me dijo que daba igual, que me acompañó al apartamento a buscarlos, y que allí, sin yo esperarlo, me besó y que bueno, que el verano, que las hormonas, que…

Olvidé contarle que me parecía atractivísimo, divertido, encantandor, chisposo, ardiente; que su beso me transportó a la estratosfera, que el polvo que echamos fue antológico, que de hecho hubo tres polvos más y que durante esos 11 días desde que le conocí hasta que volvimos a toda castaña a la cruda realidad de mi nueva vida familiar no pensé mucho en él porque Nico, el camarero, ocupaba todo mi tiempo. No hizo falta. Supongo que la Anika ésa significó lo mismo para él. Es decir, la constatación de que no estábamos precisamente hechos el uno para el otro. Aún así nos cuesta separarnos. Parece como si, una vez aceptado que lo nuestro no va a ningún lado, la cosa sea menos “tensa”. Como si estuviéramos juntos porque estamos bien así, aun sabiendo que cualquier día aperecerá una nueva Anika, un nuevo Nico, y el juego se habrá acabado. De todos modos es raro: viene a casa, nos acostamos, dormimos juntos, pero no somos una pareja, ni hacemos demasiadas cosas juntos. Cada vez veo menos a sus amigos y él a los míos; hemos separado nuestras vidas totalmente. Somos algo así como un “rollo” estable en los ratos libres.

Tampoco voy a sus conciertos. Creo que él lo agradece, porque la adrenalina que le da el escenario, por muy cutre que éste sea, también la provoca saber que las chicas que hay mirando le están deseando, aunque sea sólo un poquito. La erótica del kilowatio, supongo. Una vez acabado el “bolo”, mezclado con la gente del local, puede pasearse a gusto y recibir las calurosas felicitaciones de sus fans por un día sin tener que comedirse por la presencia de “su chica”.


No sé si tiene más rollos. No hablamos nunca de eso. Yo desde luego no, pero porque me faltan las ganas y el tiempo. Como sabes, ahora mismo paso todo el tiempo libre que puedo con mi madre. Ella es lo único que me importa.


Cuando estoy muy agobiada, me acuerdo mucho de aquella noche, cuando el belga asincrónico trató de hacerse el encontradizo en la pista de baile. Del ataque de risa que nos dio, viéndolo desafiar la ley del ritmo y el tempo de esa forma. No daba ni una, oye. Y nosotras tratando de disimular (“pobrecito, no está bien que vea que nos reímos de él”) –me decías poniéndote de espaldas, y yo no podía dejar de mirarle y me mordía la lengua, y pensaba que tenías razón hasta que se nos planta delante y nos suelta en inglés “I use to fuck better than dance”. Increíble. Ahí sí que nos reímos con ganas, y resultó ser muy majo, pese a sus insistentes intentos de acostarse con alguna de nosotras aunque fuera por la táctica del desgaste. Cuando me acuerdo de aquello me río tanto, aunque esté sola en el metro, que la gente debe pensar que estoy loca; pero me da igual, porque creo que sí que he perdido algo de cordura y en el fondo ahora mismo todo me importa un carajo. Que últimamente no me río mucho y no estoy para desperdiciar carcajadas.


Bueno, nos vemos pronto. Qué pena que tú no estés invitada a la boda del día 3 (lógico por otro lado, teniendo en cuenta que no conoces a los novios de nada!), pero al menos estaremos juntas 4 días. A tope. Sácame a bailar y a ligar, niña, que necesito tener un poco de vida disoluta, un poco de cotidianeidad chusca. Bueno, podríamos ir a algún museo también, que hace tiempo que sólo veo Madrid de noche.
Nos vemos el 31. Mientras tanto sé buena, reserva fuerzas y cuídate ese cuerpo serrano.
Un beso enorme.

Mila
.

Pd. Se me ha olvidado contarte dos cosas, pero me duelen los dedos. Una, decirte que he empezado a tomar clases de batería (musical, no de Lo Mónaco). Ojalá no hubiera tardado 30 años en decidirme, me encanta. La otra, que voy a volver a hacer un trabajo para la empresa donde trabaja el señor Maravillas. Y que estoy nerviosa. Te cuento cuando nos veamos.

martes, septiembre 25, 2007

¿QUIERES REGAR MI CÉSPED?

Tras más de 1000 kilómetros de autopista y tres Red Bulls, Noelia y yo llegamos al apartamento gaditano que habíamos alquilado para pasar dos semanas de agosto. A las dos nos dio un acceso de risa histérica al comprobar que era más preciosista aún que en las fotos. Y que tenía un jardín con una manguera, un porche, dos tumbonas, una palmera, una buganvillia y un invitado, Leopoldo. A unos 10 minutos a pie y tres en coche teníamos la playa de Trafalgar y el chiringuito de las sardinas a la plancha con su chiringuitero piropero. A 40 km a la redonda, un montón de pueblos por descubrir. Y a dos palmos, en el césped, el hombre más sexy y guapo que ambas dos habíamos visto en nuestra vida.
Sé que suena a tópico, pero es verdad. Creo que los que regentan los apartamentos hicieron un cásting de jardineros. Si no, no me lo explico. El imberbe que seduce a Gabrielle Solís en Mujeres Desesperadas no le llegaba ni a la suela de los zapatos, ni aunque éstos fueran de Sonia Rykiel (hoy me permito frivolidades, que me he comprado el Vogue). Os juro que era espectacularmente guapo. Y con un cuerpo forjado a golpe de azada y lo que sea que usan los jardineros digno de un calendario ideal para colgar en Wad-Ras.

La cosa fue más o menos así: Noelia y yo salimos el primer día a desayunar al porche del jardín, cual marquesas de Sotomayor, cuando de pronto una voz nos llamó desde la verja del jardín.

–Hola. Vengo a cortar la hierba. ¿Se puede?
La voz (con acento gaditano) pertenecía a un cuerpo aún no identificado, ya que le tapaba el brezo que cubría la valla.

–Mierda, qué inoportuno–dijo Noelia mientras se dirigía a la puerta del jardín.
Y entonces, entró. Mi pequeña dosis de ego herido se consuela pensando que si hubiera acudido yo a abrir la puerta (y tuviera los preciosos ojos verdes de Noelia) quizás el jardinero hubiera reparado en mi antes, pero ella fue la que se topó de bruces con el Apolo de las katiuskas. La pobre tuvo que sobreponerse en segundos a la conmoción de encontrarse con un tipo semejante a las 10 de la mañana en el jardín, pero lo hizo magistralmente. Ni pestañeó, como si estuviera acostumbradísima a abrir la puerta un día cualquiera y encontrarse al mismísimo Príncipe Felipe (que conste que somos republicanas, ya que está de moda pronunciarse estos días) o a Jacob Dylan, por poner dos ejemplos inconcebibles. A mi, sin embargo, la mandíbula me llegó al césped cuando miré hacia la puerta.
La muy bicho de Noelia, parapetada por las anchas espaldas de la APARICIÓN, me iba haciendo caras de incredulidad, aguantándose la risa, señalándole el culo, y yo sí que tuve que esforzarme en disimular.
Pensé que igual se trataba de una broma de bienvenida, algo así como un modelo contratado para amenizar la entrada del huésped, pero el mozo se dirigió como si nada al enchufe y procedió a darle a la cortacésped.
Sobrepuestas más mal que bien a la conmoción y el estupor, Noelia me agarró del brazo y me arrastró dentro del apartamento.

–No me lo puedo creer. ¿¡¡¡Pero tú has visto eso!!!? ¡Estas vacaciones sí que empiezan bien!
–Calla, loca que te va oir. ¿No será un gigoló a domicilio o algo así?
–¡No seas burra! Que no somos unas solteronas cincuentonas ni esto es Marbella. ¡Por Dios, voy a decirle algo, lo que sea, a darle palique!
–Vale, pero desabróchate un botón de la camisola ésa que llevas.
Y así mi querida Noelia comenzó una ardua pero concienzuda labor de seducción muy bien urdida y aún mejor llevada. Que si recomiéndanos una playa, un garito, un restaurante…

“Una postura” –pensé yo mientras le veía ir de aquí para allá, intentando todo dientes y sonrisa hacerse oír por encima de la cortacésped.

Se fue echándole un piropillo a Noe y recordándonos que el viernes volvería. Yo me despedí con un gesto de mano blando, sabedora que la batalla estaba perdida de antemano al ver que el macizorro no reparaba en mí ni un segundo.

–El viernes vuelve.
–Igual quiere comprobar si tus tetas hablan. Como no ha parado de mirarlas…
–Uy, uy, uy… estás celosa–pero me lo dijo riendo. Ella sabe que no.
–Es la primera vez que coincidimos en gustos con un tipo. Pero claro, éste no cuenta, porque es perfecto.

–La segunda–me corrigió ella. –¿Te acuerdas del recoge-vasos?

Y me reí al acordarme cómo noche tras noche, en mi visita hace ya años a Madrid, repetíamos en la sala Sol para deleitarnos con la visión de uno de los recoge-vasos del local.

–Bueno, cuando te lo beneficies, quiero luego los detalles–continué–. Pero tendrá que ser de día; te recuerdo que compartimos habitación.
–Bah, ¿de verdad crees que puedo ligarme a un tío así? Ha sido simpático porque somos las inquilinas de sus jefes…

–Vale, ya me lo dirás. Verano, playita, calor, hormonas disparadas... –Entré a buscar la bolsa de playa–. Pero quiero los detalles–repetí.
Efectivamente, aquel viernes, seis días después de nuestra llegada, Noelia comprobó que el jardinero infiel (estaba casado) usaba bien su cuerpo entrenado bajo el sol. Yo mientras tanto, disfrutaba en la playa de una brisa atípica y de los intentos enternecedores de un belga asincrónico por quedar conmigo aquella noche. Pero eso es otra historia. Hasta entonces, el único que pisó nuestro césped fue Leopoldo. Si os fijáis bien lo podréis ver en la foto.

viernes, septiembre 14, 2007

LOS GUIONES DE LA VIDA

Este blog nació con pocas pretensiones. Más bien con banales pretensiones. Las de hacer extensible mis conflictos y culebrones particulares con el sexo opuesto a un público cibernáutico libre de opinar(me), flagelar(me) y orientar(me). La de conseguir entender un poquito mejor los múltiples desencuentros que se dan en el mundo del amor, los sentimientos, los rollos, el sexo y demás oh-yeahs, como dirían Antònia Font.

Pero el guión de la vida no lo escriben los de Globomedia, así que de vez en cuando el guión se tuerce inesperadamente y aparecen nuevas escenas, esas sí que ni banales ni superficiales ni apabullantemente memas, sino jodidamente reales.
Uno de esos bruscos giros de guión se produjo con la muerte de un buen amigo en julio pasado. Y a finales de agosto, el giro de guión me ha tocado aún más directamente, pues a mi madre se le ha diagnosticado una enfermedad irreversible.
Cuando ocurre algo así, sientes que no tiene ningún sentido hablar de tonterías, preocuparte por los chicos que pasan por tu cama y por tu vida. Tu atención, tus energías, tus ganas están en otra parte; se han quedado enterrados en alguna playa gaditana. De ahí mi mutismo: los dedos pesan y lo único que apetece es teclear onomatopeyas de autocompasión, rabia o infinita tristeza.

Sin embargo pasan las semanas y el guión sigue, y tú tienes que seguir aprendiéndote tus diálogos hasta el punto en que te apetece ir al plató para sentir que no todo es una mierda, que hay una vida de culebrón que consigue hacerte olvidar o al menos esconder la angustia latente. Los niveles bioquímicos que nos conforman despliegan sus estrategias de supervivencia para conseguir salir adelante, para conseguir seguir viviendo con intensidad, y lo hacen de formas muy diversas: unas risas con tus amigos delante de una caña, una dosis de humor negro, un bailoteo desaforado una noche de sábado anodina, un chico con piercing que te mira desde el fondo del vagón del metro. Pequeñas cosas que siguen ocurriendo y que ayudan a dar sentido a las horas. Esas pequeñas-grandes cosas que, en realidad, forman una parte indispensable del guión.
Darme cuenta de eso me hizo cambiar de opinión. Si durante unos días creí que el Manual ya no tenía sentido, ahora creo que lo tiene más que nunca. Porque me conecta con la banalidad y la superficialidad más adorable, la que a día de hoy consigue que desenchufe la pena infinita. Porque me permite sentirme si no bien, sí mejor. Por eso el Manual va a seguir como siempre sin pretensiones haciéndoos partícipes de mis fracasos con los hombres en particular, porque con la vida en general me temo que todos fracasamos inevitablemente en algún que otro momento.
No os preocupéis. Mila está bien, agradecida, luchadora y con ganas de contaros qué ha pasado con el Jardinero Infiel, el belga autista, el gaditano soñador y tantas otras historias tontitas anteriores y también posteriores al giro de guión. De contaros, en definitiva, aquellas pequeñas trivialidades que tanta falta hacen para sentir que, pese a todo, estamos vivos.
Así que atentos a sus pantallas, mis amad@s pepitos grillos.

jueves, agosto 02, 2007

CHECKED!

Crema solar: checked.
Uñas de los pies pintadas: checked
Libros (incluido el último de Vila Matas): checked
Listado de los restaurantes, bares, chill-outs, jaimas y discos de la costa gaditana: checked.
Bikini, trikini y hasta polikini: checked.
I-pod, cd's para el coche: checked.
Condones:... ¡uy!

El burbujilla camino de Austria. Yo, camino de Cádiz con Noelia, mi guapísima amiga soltera y residente en Madrid.Y mi condición sentimental, ¿cul es? Marc y yo nos pasamos mucho tiempo juntos, pero tampoco hemos "hablado" de lo que somos. Sí, ya sé que no hace falta ir comentando este tipo de cosas como cuando teníamos 16 años, pero es que… entre nosotr@s; no lo veo mucho por la labor. Tiene un fondo de espíritu libre… muy en la superficie. Ayer, horas antes de que se subiera a la furgo que le lleva con el resto de los burbujas por centro Europa no hubo frases hechas de ésas tipo "¿Pensarás en mi?" o "Cuidado con los moscones" o algo por el estilo. Cualquiera diría que en vez de dedicarse al chiclepop fuera una estrella de rock...
La cuestión, entonces, es que si por una de esas cosas que tienen el verano y las hormonas, se me presenta una escena tipo principio de Grease, no sé muy bien cómo reaccionaré. ¿Me puedo permitir un "paréntesis"? ¿Debo mantener la cabeza fría?
Y por otro lado, tampoco tengo ni la más remota idea de qué haría él en circunstancias parecidas. ¡Qué relación más rara!
Bueno, de momento sólo sé que mañana me voy con una de mis mejores amigas al paraíso del sol, el pescadito frito y los hombres surferos. Mmmm.
A ver si entre mojito y mojito puedo contaros algo más.
¡Felices vacaciones!

lunes, julio 16, 2007

ADIÓS

Sil, sé fuerte, recupérate, vive.
Aún no sé cómo procesar que ya no volveré a abrazarte, Pep.
Mi osito.

Un vacío más grande que toda tu envergadura es lo que queda.

martes, julio 03, 2007

SUPERPOP

Marc es superpop. Pop por un tubo. Ye-ye. Llevo ya dos conciertos (bolos, dice él) y me he esforzado; he tratado de dejar que las letras y la música me invadan; he intentado que la esencia de Los Burbujas me traspase, pero lo único que han conseguido arrancarme es un movimiento de cabeza de un lado al otro como el del perrito que tenía mi padre en el salpicadero del Seat 127 y me siento muy monga. Entonces, inevitablemente, viene la pregunta:

–¿Qué te ha parecido?
Y yo le digo
–Bien, muy bien. Tocáis muy bien. Sobre todo tú –añado–, y le beso para evitar que haga más preguntas.
La verdad es que los bubles tocan bien. Son buenos, supongo. Pero echo de menos un poco de adrenalina, de buen rollo; alguna corriente eléctrica que me haga chisporrotear un poco. Todo es lánguido o pastel, "el reflejo que no era yo; el que tú veías cuando aún nos quedaban tardes de verano" ... y ese tipo de cosas.
En fin, que salgo con un chico estupendo y con un gusto musical muy diferente al mío. Pero como la intención no es formar un grupo, no debería preocuparme... demasiado. Aún así vamos a ir juntos al Summercase, porque ahí sí que hemos encontrado algunos lugares comunes... contaditos con los dedos de una mano.
Por lo demás, nos va bastante bien. Genial, guay. Fluido. Sin altibajos. Aburrido no, qué va. Quizás predecible... Supongo que eso está bien. No debería preguntarme tanto por qué tengo la sensación de que no es el hombre de mi vida. Como decía un viejo amigo, si está en tu vida, es el hombre de tu vida.
Y eso es una verdad como una casa.


lunes, junio 18, 2007

¿QUIÉN DIJO NOVIO?


–Llevas dos findes desaparecida.
Marta me escupió la frase ayer domingo. Fue justo al bajar del avión y en el preciso instante en el que daba vida a mi móvil después de su merecido descanso de dos días en el cajón de una cómoda.
–Marta, mi niña, es que acabo de aterrizar....
–De caer de la parra, querrás decir...
–No, estoy en el Prat. He pasado el fin de semana en Menorca...
–¡No me jodas!
–... con Marc.
No sé por qué bajé la voz, él estaba en el lavabo y yo junto a la cinta transportadora de los equipajes del vuelo VLG 1141 MAH.
–Eres una... (y aquí colocó una ristra de lindezas irreproducibles). ¿Cómo lo haces? ¿De dónde sacas la pasta?
–De la hipoteca, la moto y la presión de agua que no tengo. Así me va, que luego como pasta seca del DIA todo el mes...
–Oye, este Marc te está monopolizando.
–Sus amigos pueden pensar lo mismo de mí...
–Mila, no me asustes... ¿sois... "novios"?
Y dijo "novios" con la misma entonación con la que hubiera dicho "leprosos".
–Cojo un taxi y en 20 minutos estoy en tu casa. Tengo que hablar contigo.
Y colgué.
No sé si he comentado alguna vez por ahí que Marc vive con sus padres... Después de casi dos semanas sin apenas aparecer, quería volver a su reducto y mostrarles que sigue vivo. Compartimos taxi, le dejé en la puerta de la casa de sus progenitores y casi le grito ¡arranque! al taxista cuando comprobé horrorizada que una señora (¡su madre!) le esperaba saludándole desde el balcón.
Marta me recibió con una cervecita y un "so pécora, qué morena estás". En su terracita la puse al día con tanta intensidad que creo que a ella le costaba seguirme.
–Esto va demasiado rápido–fue su veredicto.
Y supe que tenía razón.
Traté de exponer con orden la teoría del "arrebato consciente", y me la contrarrestó con la del "pinchazo previsible"; le recordé los casos comunes que conocíamos de parejas hechas de un día para el otro y que funcionaban perfectamente; ella se encargó de enumerarme las muchas más que no; le expliqué cuánto congeniábamos y ella me descolocó metiendo el dedo en mi heridita particular:
–Muy bien, y en todos estos días de Pin y Pon edulcorados ¿cuántas veces te has acordado del señor Maravillas? Si me dices que ninguna, te doy mi bendición.
–Pues unas novecientas... Pero no soy un robot, quiero decir que es normal que después del chute de mi cumple, aún piense en él... Ya se me pasará.
–¿Estás enamorada de Marc?
–Define enamorada...
–Sí, guapa, a estas alturas te lo voy a definir. Como si no lo supieras. Como si no te hubiera oído desde hace más de un año decir tonterías del tipo (y puso voz aflautada) "es el hombre de mi vida, te lo juro Marta, es verlo y me sube un no-sé-qué-qué-sé-yo..." con cara de pequeño pony...
–Bueno, deja a Mr.Wonders en paz. Ya va siendo hora que se me pase la tontería. Igual incluso mi agilipollamiento es porque no puedo tenerle... vete tú a saber... no quiero más psicoanálisis del todo a cien. Estoy bien con Marc. Feliz. Ya me he dado muchas hostias. Y vale, no oigo pajarillos pero que le den por saco a los pajarillos y a las películas de Jennifer Aniston y a toda esa basura. Si mi príncipe azul destiñe, me lo busco de color verde.
–En ese caso, bienvenido Marc a tu vida... y espero que también a la de tus colegas.
–Desde luego.
Y brindamos con esas cervezas y con las que vinieron después.
Eran casi las dos de la mañana cuando volvía a mi piso. Marta insistió para que me quedara a dormir en su casa, pero me apetecía dormir sola en mi cama. Sobre todo si, como apunta la tendencia de las últimas dos semanas, eso va a convertirse en algo excepcional.




miércoles, mayo 23, 2007

PRINCESA SIN PRÍNCIPE

Han pasado varios días, pero el recuerdo de su mano grande y morena acariciando suavemente mi mejilla a modo de despedida aún me provoca escalofríos. Estábamos los dos junto a la puerta y la multitud gritona y apelotonada parecía no existir. “Gracias por venir”, le dije yo mientras pensaba “no quiero que te vayas”. Entonces él me acarició de esa manera y se despidió. “Adiós princesa”.

Pero eso fue muy tarde, y antes habían pasado tantas cosas…
La gente se lo estaba pasando bien. No es de extrañar, porque había litros de vino y de cerveza y muchísimas ganas de juerga. La cena iba saliendo escalonadamente; tanto que aún no habíamos terminado y el local ya se estaba llenando de gente ajena a la fiesta. Yo estaba emocionadísima poniendo (con algún que otro fallo técnico bochornoso) la música que me hace bailar a mi y, por extensión, a mis amig@s del alma. No les debió parecer mal a los extraños, porque también bailaban e incluso una guiri rubia, guapa y sonriente vino a agradecerme la selección. El caso es que me sentía feliz, relajada y ligeramente etílica.
Cuando la mirada del dj del local me dijo “estoy a punto de ir a la cocina a buscar el cuchillo del jamón” decidí dejar de jugar a soy dj y reunirme con mi troupe. Marc el burbuja, con el que había intercambiado saludos y un poco de tontería al llegar se me acercó más de lo normal y me dijo con una preciosa sonrisa que hubiera preferido algo más de pop pero que le había gustado mi “actuación”. Saltaba a la legua que mentía pero no me importó lo más mínimo. Se me antojó guapísimo en las distancias cortas y constantemente tenía que reprimir el impulso de pasar mi mano por su pseudo-afro cabellera, que ejercía una atracción indescriptible sobre mí.
Pero como yo era la princesa por un día de la fiesta tuve que ir interpretando mi monárquico papel entre todos los invitados cual Isabel Preysler en casa del embajador, con lo que nuestras conversaciones estaban siendo tan surrealistas y entrecortadas como proporcionalmente sugerentes. Estaba casi segura de que teníamos muchas probabilidades de acabar liados esa noche.
–El burbuja te pega mogollón –me dijo una Marta feliz y borracha.
–Es mono, ¿eh? (qué queréis que os diga, las conversaciones de niñas, o al menos las de Marta y la menda, suelen ser así).
Y las dos lo miramos como si estuviéramos examinando un vestido de Miguel Palacio, con la cabeza ladeada y cara de tontas.
La noche avanzaba y Marc estaba increíble. Divertido, chisposo, cariñoso y encantador. Además llevaba él toda la iniciativa, lo cual para mí suponía un alivio y una experiencia nueva y relajante: se acercaba y me traía vino, me guiñaba el ojo cuando nuestras miradas se cruzaban, me decía lindezas cuando pasaba a mi lado para ir al lavabo…
–Está en el bote – me soltó Marta cuando le oyó decir “hoy estás guapísima”.
–Mientras no me venga con una excusa de última hora…
–¿Tipo Mario?
–Tipo “los-frikis-con-los-que-últimamente-se topa-Mila”
–O sea, tipo Mario.
Pues sí, tipo Mario.
Cuando Marc en uno de sus acercamientos puso sin venir a cuento su mano en mi cintura para hablarme y ya no la sacó, ví claro que a este chico no le rondaban por la cabeza muchas dudas existenciales acerca de la comunión perfecta hombre-mujer. Y allí estábamos los dos, hablando de tonterías con su mano en mi cintura y su boca rozándome casi el oído al acercarse para hablar cuando de pronto lo ví entrar. Solo, despistado, tratando de avanzar entre la gente. Me quedé helada, como en standby. Era él, el señor Maravillas. Murmuré una disculpa rápida a Marc y fui hacia él. En ese instante me vio. Se dirigió hacia mí con su preciosa sonrisa y ese aire de no encajar en ningún sitio y nos encontramos en un punto medio, entre un inglés borracho y enorme y un grupo de chicas que bailaban en corro.
–Has venido…
–Felicidades
Nos dimos dos besos.
–Estás muy guapa –me dijo. Y yo me derretí un poquito.
Miré rápidamente alrededor
–¿Has venido solo?
–Estoy con unos amigos aquí cerca y he pasado a saludarte. Bueno, y a darte esto.
Era una selección de cedés de Nina Simone. Hacía tiempo, en una de aquellas tardes en que nos lo pasamos tan bien hablando de la vida, cuando aún creía que el hombre de mi vida podría serlo de verdad, los dos habíamos comentado que era muy graciosa la escena en que Julie Delpy imita a la maravillosa Nina Simone delante de Ethan Hawke en “Before sunset". Me entraron ganas de arrebatarle la mesa de mezclas al señor dj “mira que funky soy” y poner a todo volumen “Feeling good”.

Nos fuimos apartando poco a poco del inglés borracho y nos quedamos junto a la pared. Le invité a una copa. Brindamos por mí, por la Velvet Underground, por Johnny Cash y por Nina. Pasado el corte inicial nos sumergimos en una de nuestras conversaciones interminables. Los colegas que se iban yendo nos interrumpían para despedirse, pero él seguía allí. Había momentos en los que perdía el hilo de lo que me estaba diciendo; sólo oía los latidos de mi corazón. De vez en cuando se nos acababan las frases y nos quedábamos callados, mirándonos y sonriendo como un par de idiotas. En uno de esos momentos pasó Marc por allí, puso su mano en mi cintura, me cogió la cerveza, le dio un trago, me guiñó el ojo y se fue. Creo que me puse un poco roja. El señor Maravillas lo miró de reojo pero no pareció sorprendido. No preguntó. Yo tampoco dije nada.
Al cabo de un rato la carroza comenzó a convertirse otra vez en calabaza.
–Tengo que irme –me dijo.
Le acompañé a la puerta.
–Gracias por venir.
Y entonces vino lo de la mano, y el “Adiós princesa”. Nos dimos dos besos y mi mano se entretuvo más de lo necesario en su nuca.
Al día siguiente me desperté en mi cama y con Marc a mi lado. Fue divertido. Marc me gusta mucho. Pero me sentía rara. Como si le estuviera siendo infiel a alguien.
Quizás a mi misma.