
Sin embargo, el dueño es un tipo encantador y simpaticote que siempre me recomienda películas que no tengo ningún interés en alquilar. Desde hace algunos meses hay un dependiente nuevo por las tardes y los fines de semana. La primera vez que lo vi pensé que había puesto un anuncio en Mondo Sonoro en vez de en Infojobs, porque el chico parecía una estrella del pop-rock: flequillo, chapitas, pitillos, Vans y camisetas de rayas. Ese día comprobé con agrado dos cosas: que era muy mono y que en vez de la bazofia que ponen en la radio fórmula que el dueño tiene sintonizada a todo trapo, en el videoclub sonaba un cedé de los Ramones. Le devolví la película, me llevé otra y nada más.
A partir de ese día, cada vez que volvía y estaba él, constataba su buen gusto musical. Una tarde, sin embargo y para mi consternación, no era así. Y me salió del alma:–– ¿Shakira? ¿Has cambiado a los Sex Pistols por Shakira?
–– ¡Calla, calla!––me contestó; y juraría que se sonrojó un poco––; se ha estropeado el cedé y sólo va la radio... Pero es una mierda.
Y la apagó.
Desde entonces las conversaciones fueron haciéndose un poquito más largas, nada espectacular. Un día me decía cosas como "Esta película está muy bien. Son historias cortas en París". Y yo miraba la carátula de "Paris je t'aime" donde pone "Historias de amor en la ciudad más romántica del mundo" y pensaba "pues sí, debe ir de eso" pero sólo le sonreía.
El gran salto cualitativo fue cuando por casualidad entré con las baquetas de batería asomando de mi bolso. Venía de mi clase de los viernes y me las había regalado mi profe. Sus ojos se abrieron tanto que sobrepasaron la montura de sus gafas de pasta:
––¿Tocas la batería?
Por aquel entonces yo llevaba cuatro clases escasas, así que tocar, tocar, no se puede decir que tocara mucho (paréntesis: ahora mi técnica baterística ha mejorado, lo cuál me hace muy feliz y muy molesta para los vecinos cuando practico en el taburete del lavabo, cierro paréntesis).
––Bueno, estoy aprendiendo. Acabo de empezar...
––Yo toco el bajo...
"Mierda––pensé–– Otro bajista. ¡Vaya suerte!" Estuve a punto de preguntarle si se llamaba Marc, pero me dio palo darle explicaciones del tipo "mi último novio se llamaba Marc, tocaba el bajo y vestía igual que tú".
Desde entonces siempre tenemos alguna breve conversación musical, hablamos de lo que suena, de lo que nos gusta, y lo hacemos de forma cómplice; como si el hecho de hablar de música en un videoclub nos convirtiera en una raza aparte.
Pero lo que hizo que pensara en él como en un futurible ocurrió hace unos días. Como se me había acabado el repertorio peliculero, encontré una excusa perfecta para acudir día sí día también al videoclub: la primera temporada de Prision Break, serie que no vi en su día. Al darle la carátula él se dirigió al ordenador y al mismo tiempo que me preguntaba: ¿apellido? yo ya le estaba cantando el número de socia, que no sé por qué me lo había aprendido el primer día: 1422.
Se quedó unos segundos parado, y justo cuando tecleaba el número añadí:
––C3PO de nombre.
Se rió un montón. Yo me reí con él. Y entonces dijo,
––A mi no me engañas. Ya sé cómo te llamas.
Y me dio el dvd.
Desde entonces, cada vez que entro en el videoclub me sonríe y me dice, "Hola Mila".